miércoles, 11 de febrero de 2009


"La historia termina aquí, así que cierro el cuaderno, me quito los anteojos y me restriego los ojos. Están cansados e irritados, pero hasta el momento no me han fallado. Aunque estoy seguro de que pronto lo harán. Ni ellos ni yo somos eternos. Ahora que he acabado, la miro, pero ella no me devuelve la mirada. Tiene la vista fija en la ventana que da al patio donde los residentes se reúnen con sus familiares y sus amigos.Sigo la dirección de sus ojos, y miramos juntos. En todos estos años, la rutina cotidiana no ha variado. Cada mañana, una hora después del desayuno, empiezan a llegar. Adultos jóvenes, solos o con niños, vienen a visitar a los residentes. Traen fotografías y regalos, y se sientan en los bancos ó pasean por los senderos flanqueados de árboles, diseñados para crear la ilusión de que estamos rodeados por la naturaleza. Algunos pasan todo el día aquí, pero la mayoría se marcha al cabo de pocas horas, y cuando lo hacen, siempre siento pena por los que se quedan. A veces pienso en lo que sentirán mis amigos al ver que sus seres queridos se alejan en sus coches, aunque sé que no es asunto mío.Y nunca los interrogo al respecto, pues he aprendido que tenemos derecho a guardar algunos secretos. Aunque pronto les revelaré los míos."

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